Escribo indignado. Desde una indignación no momentánea sino acumulada. El mundo  actual se complica cada vez mas, los avances científicos y la sobrepoblación presentan retos que lo proyectan al futuro pero que también lo están destruyendo.

Es difícil estar en él sin advertir los peligros que le son propios y los que se le han agregado conforme el circulo del tiempo se ha ido prolongando. No sabemos con certeza quien va a llegar primero si el futuro o la destrucción. Hay convulsión, crisis económica y crisis social, guerras y rumores de guerras, pero sobre todo confusión.

Veo como la inocencia dura cada vez menos en las nuevas generaciones… he sido testigo de cómo la humanidad la perdió cuando las guerras dejaron de ser asunto exclusivo de los implicados directamente para ser un asunto que posibilita la vida o muerte de millones y, si algunos se lo proponen, de toda la humanidad.

Es indignante que el progreso de la ciencia y la tecnología se haya usado para eso y no esté siendo suficiente para dar alimento, casa y educación a los niños. Que hemos estado haciendo entonces…?

Que tienen en el corazón los que se dedican a inventar y fabricar  armas…?, los que se las dan a los niños  para que se incorporen a la vida, los que las distribuyen en forma indiscriminada…? No lo sabemos, pero sí sabemos que tienen en la mente los gobernantes: las personas son solo un instrumento mas en sus luchas de poder y en el caso de los soldados un arma que se usa en tantas cantidades como sea posible y que  desechan cuando ya no pueden seguir en el campo de batalla. Pocos conviven con  los veteranos de guerra.  A los que los convencieron y enviaron a los campos de batalla ya no les gusta saber que la vida de esos desdichados que lograron sobrevivir a la barbarie  difícilmente logran sobrevivir al infierno que una vez desatado ya no los abandona.  Algunos no logran nunca escapar de sus recuerdos. Si los nuevos reclutas supieran los altísimos índices de suicidio de los veteranos de guerra lo pensarían dos veces antes de hacer lo que les envían a hacer en los campos de batalla.

Es indignante ver  gobernantes cegados por  el poder. La mayoría no tiene la dignidad de asumir como titular lo que como candidato prometió.  Las campañas políticas se parecen cada vez mas a la casa de los espejos donde ninguna cosa es como aparenta ser.  Engañando a la gente se engañan a sí mismos para después vivir miserablemente de sus recuerdos de oropel.

Me indigna que se sucedan los gobernantes entre sí  y no pase nada relevante para mejorar la situación. Todo indica que una vez que toman posesión comprueban que el margen de maniobra real es reducido pues los “mercados”-como eufemísticamente se hacen llamar los especuladores, los odios interraciales e interreligiosos, las compañías internacionales y la ambición desbocada de sus oponentes políticos terminan por bloquear todo lo trascendente, si es que alguna vez se plantea.

Me indigna la corrupción generalizada y la impunidad lacerante.  Es asombroso que el engaño y la traición sean el motor que mueve a multitudes y que cada vez mas opten por el asesinato. Solo queda el amor y la bondad de unos cuantos cuya minoría aumenta.

Me indigna que las religiones se alejen de lo que sus fundadores anhelaron a pesar del denodado esfuerzo de los que dedican su vida a dignificarlas. Es alarmante que algunos religiosos traicionen los principios de su religión y se traicionen a sí mismos aumentando la estulticia de un mundo ya de por si carcomido.

La indignación se convierte en tristeza al comprobar que los vicios y delitos  están ganando cada vez mas batallas en ese verdadero campo de batalla que es el alma humana.

Me indigna que se enseñe el lucro como algo benéfico, que se estimule la acumulación de bienes cuando tantas personas carecen de tantas cosas.

Me indignan la despiadadas reglas de convivencia laboral en la que se nos obliga a transitar  transmitiéndonos la certeza de que algunos podrán sobresalir y por lo tanto debemos aceptar  tácitamente que otros, muchísimos otros, no lo lograrán, pero sobre todo que cuando alguien abusa del mas débil o hace trampa, haya quienes acepten que eso está bien.

Me indigna que la globalización de la información sature los espacios con millones de trivialidades aturdiendo las conciencias a la manera  de los somníferos, que sumado a las rudezas de la vida cotidiana, con pocos trabajos disponibles y salarios bajos, consumen el tiempo de las gentes agobiadas por sobrevivir afectando su capacidad de reflexión y haciéndolos  cada vez mas como autómatas programados a merced de sus instintos y de quienes les controlan los estímulos.

Me indigna la descarada manipulación de la información que se practica obsesivamente y, por supuesto,  el sistema político-económico que permite y estimula todas estas cosas.

Me indigna profundamente que no se le de la máxima importancia al amor al prójimo y al respeto a la naturaleza.  Que la poesía, la música clásica luchen por sobrevivir entre la estridencia de una gran parte de la  juventud, unos por estar ahogados en alcohol, otros atrapados en las drogas y la inmensa mayoría fascinados por nimiedades.

Me entristece que nos engañemos con los avances de la ciencia médica que ya reemplaza y hasta produce nuevos órganos para los enfermos y que presume estar en el camino de la “juventud eterna”, cuando no hemos logrado poner a disposición de todos los métodos ni las motivaciones para ser mejores personas. Las estadísticas de suicidios juveniles hablan, “gritan” que éste no es el mundo que les deberíamos de dar o no les dimos todo lo que necesitaban para enfrentarlo tal cual es.

De todo esto estoy siendo testigo presencial y no me puedo quedar callado. He convivido con los olvidados del sistema y conocido testimonios de fe y esperanza, aun y cuando lo hagan desde ese laberinto interminable en que lo hemos convertido todos.

También escribo con esperanza, la que nos da el saber que  otros también se han indignado y los que se van a indignar cada vez que se les haga ver que el mundo actual dista mucho de ser la única versión posible.  He seguido con mucho interés la ola de indignación que recorrió las calles de Europa y América hace unos meses, lamentablemente la indignación social ante un sistema perverso, así como esta planteada, corre el riesgo de ser desactivada con correcciones al desempleo y bloqueos informativos, la indignación a la que me estoy refiriendo  se enfoca contra la perversidad de unos y la debilidad y pasividad de otros, pues ambos  subyacen en el interior de cada cual,  sin dejar de incluir la denuncia de los absurdos e injusticias del sistema.

El mal es tan grande que ya llego al cielo.

El mal esta ganando la batalla afuera una vez que la ha ganado adentro de cada persona.  Es necesario rebelarnos primero contra las condiciones interiores que hacen posible que seamos cómplices o víctimas de todo lo que sostiene este absurdo estado de cosas.

Somos testigos presenciales de la injusticia y de la apología del delito que mantienen a la mayoría de la gente en un estado de tibieza, encerrada en los gruesos barrotes de la degradación personal que le producen sus propias debilidades. Este mal se ha reproducido en nuestro interior, pero su poder es tan grande como  nuestra debilidad ante sus opciones, por lo que indignarnos ante la injusticia y dejar de hacer lo que ha alimentado todo esto, es un primer paso.  Ya Edmund Burke nos lo advirtió magistralmente cuando dijo: “Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada.”