Por diversas circunstancias tuve la oportunidad de impartir  cursos en un penal de una ciudad del norte de México, me presentaba dos veces por semana para atender a Adultos y a los niños ahí recluidos.  La experiencia me dejo impresiones directas de lo que es la vida en la cárcel y la oportunidad de conocer casos específicos de las tragedias que envuelven a quienes, culpables o inocentes, tienen la desgracia de caer en esos lugares.

Cuando me acercaba a sus paredes el espectáculo dominado por el gris, los guardias armados en sus torres y la mirada seria, casi siniestra de quienes los custodiaban, siempre me servían de una especie de recordatorio: mis alumnos son una selección de delincuentes convictos de los mas variados delitos. Por espacio de mas de un año repetí con ellos una rutina que incluía el paso por la aduana del penal, la reunión de los participantes en el área de visita familiar y la despedida con sus respectivas “tareas” para la próxima clase, en un espacio de tiempo que rara vez rondaba las dos horas.

Un amigo mío me comento que había mucha necesidad de darles clases a los internos que lo estaban solicitando y de lo cual el estaba bien enterado pues era uno de los  médicos del penal. “De que quieres que les de clases”, le pregunte: “de lo que quieras” me dijo. Una semana después le confirme que les impartiría cursos de meditación a los que ya sabían leer y de alfabetización a los iletrados. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que debería de haber procedido precisamente al revés, pero en ese entonces no lo entendía así..

El penal estaba sobrepoblado, la hacinación e insalubridad hacían  peligrosa una estancia de por si penosa. Cuando  me desplazaba por los pasillos enmarcados por tela de alambre rumbo a la zona de los infantes podía ver e interactuar con mis alumnos en la zona cercana a sus celdas, poco a poco me di cuenta que todos, niños y adultos tenían un rasgo en común: al momento de la despedida, invariablemente usaban la frase “que le vaya bien” para dirigirse conmigo. Esa frase, de tanto que la oí, retumbaba en mi mente transmitiéndome la sensación de desamparo en que se encontraban quienes me la decían, la mirada me refrendaba un mensaje mucho mas profundo que las palabras: desde su perspectiva, el solo hecho de poder salir a voluntad, ya es “irle bien” a uno. También percibía  una especie de asombro y de reproche incrédulo incluido en sus miradas: como es posible que éste venga a meterse aquí, si todos los que estamos dentro lo único que queremos es salir…?

La vida en el penal es lenta, larga y sobretodo pesada por todo lo que incluye. Los testimonios de quienes han estado ahí son muy variados al respecto y sin embargo en el fondo  monótonos.  Después, leyendo la “divina comedia” del Dante Alighieri no pude menos que recordar en sus descripciones de los círculos infernales algunas de las cosas que relatan  los que han vivido en prisión y que nos  han hecho afirmar, y a ellos repetir, que estar ahí es como “estar en el infierno”.

Después de saludarnos e intercambiar  anécdotas –las de los internos suelen ser personales  en extremo- los invitaba a realizar algunos ejercicios de respiración que nos preparaban y predisponían para hacer nuestros ejercicios de meditación. Para algunos era solo motivo de curiosidad, al grado de no poder cerrar bien los ojos cuando el momento lo requería, pero había otros que si seguían sinceramente las instrucciones y disfrutaban los momentos de paz que se pueden obtener mediante las disciplinas de la mente una vez que el cuerpo se ha relajado. Ellos son los que me hacían regresar.

Con la convivencia vinieron también las confidencias y la solicitud de favores que casi siempre incluía servirles de correo para comunicarse con sus familiares. Una vez que mi amigo el doctor se enteró que llegue a pasar cartas por la aduana del penal sin reportarlas, me reprendió y ante la dificultad que tenia para decirles que no a los ruegos de los internos, opte por espaciar mis visitas hasta que finalmente di por concluido los cursos.

Fue penoso pues los mas dedicados ya habían probado momentos de paz interior, disfrutado de controlar la  imaginación cuando es dirigida y la sensación de apoyo de alguien que,  si lo pedían, era capaz de escuchar sus asuntos personales siempre y cuando no tuvieran que ver con su proceso penal.

Varias veces me advirtieron los que se enteraron de mis frecuentes visitas al penal: “así como puedes ganar amigos también puedes ganar enemigos”, la cual en el fondo es cierto, pero como yo no iba en búsqueda ni de uno ni de otro, solicite la presencia de un guardia cuando la situación llego a requerirlo.

Algunos han descrito su presencia al visitar una cárcel como estar en “el ojo del huracán” en referencia a que si bien se observa todo en calma y cierto orden, todo es apariencia pues en cualquier momento se puede desatar la furia contenida que asoma por los ojos y por la palabra tanto de los internos como de sus guardianes.

Me propuse decirles que la libertad interior es importante como lo es la libertad física, haciendo ejercicios de imaginación dirigida les hice viajar, haciéndoles reflexionar que ellos, los que nos rodeaban armados y vigilantes, tenían retenidos sus cuerpos pero no su conciencia. Que todos tenemos la libertad de imaginar lo que queremos, pensar lo que mejor nos plazca, perdonar, orar en silencio, etc., etc., y que nadie nos lo puede impedir.  Que la libertad de odiar o bendecir es solo de cada cual y nadie la puede interferir pues es parte del fuero interno de cada ser humano. Y sobre todo, que podemos aprender de nuestros errores cuando reflexionamos sobre lo que hemos hecho y que es posible superar la tendencia al delito y las reincidencias si nos asociamos con otros que tengan los mismos propósitos.

Me atreví a insistirles que hay quienes nunca han estado en reclusión física sin embargo viven encerrados en la envidia. Que es lamentable que haya quienes vivan esclavizados del que dirán o de sus vicios y que ese tipo de prisión es mas fuerte y de mas largo plazo –muchas veces de por vida- que la estancia en la cárcel.

La convivencia de maestro-alumno era en condiciones muy especiales y complicadas, pero fue enaltecedora ya que comprobé que en cualquier circunstancia, por mas difícil que esta sea, siempre hay un lugar para la esperanza.  Algunos captaron lo que fui a decirles y que ya lo había advertido elocuentemente Krishnamurti: “Nadie puede poner en una prisión psicológica, -a quien- ya está en ella”.

Pero sobre todo que había una manera de aprovechar la aparente calma de estar en “el ojo del huracán”: salir de nuestra propia prisión personal.  Que hacerlo no era cuestión de fugas pues ese tipo de libertad de la que tanto les insistí,  no depende de puertas de metal, cerraduras y plazos forzosos  sino simplemente de lograr la libertad interior.