Por esos designios del destino hube de visitar de nuevo la sala de urgencias de un hospital, caminar por los pasillos atestados de gente, pero sobre todo de personas en condiciones de salud graves,  es una experiencia sobrecogedora.

Los hospitales concentran los dos extremos de la línea de la vida, mientras en un edificio la gente se extingue poco a poco como lámpara a la que se le acaba el combustible,  en otro edificio vecino la vida irrumpe esplendorosa en la forma de el llanto de los recién nacidos.

Desde que llega uno a los alrededores de la sala de urgencias se percibe un silencio raro, la gente si habla pero su lenguaje corporal comunica lo que no se quiere que los demás oigan. El que se acerca a sus puertas automáticamente se hermana con los demás en el mismo tipo de dolor, aunque los que portan uniforme se desplazan como con una especie de traje protector que los hace inmunes al dolor ajeno. El abrumador numero de personas demandando atención de vida o muerte los ha colocado en una situación de autodefensa: solo si no se involucran emocionalmente pueden atender mejor.

Hablar con los médicos en esas condiciones es conocer el sabor a metal que pueden tener las palabras.  La primera vez que me adentre por esos pasillos cruce la mirada con varios de los enfermos, por lo que esta vez lo hice con el firme propósito de no hacerlo de nuevo. En aquella ocasión, hace muchos años,  la curiosidad me hizo ver las posturas grotescas que la enfermedad les hace adoptar y los ojos que vi  me mostraron mensajes casi de ultratumba.  Esta vez sí los respete con la mirada pero no dejo de asombrarme la hacinación en la que se les atiende.

No hay mejor lugar para saber que el dolor hermana, la sala de espera es testigo mudo de cómo las horas se deshacen y desaparecen. Ahí afuera en la espera angustiosa, una vez que llega la noche  todos nos parecemos.

En esas condiciones, como integrante de un tumulto informe, no pude dejar de  recordar un episodio del que fui testigo hace unos años, recorriendo uno de los mercados populares que se instalan en las calles, dos locatarios se trenzaron en una acalorada discusión por alguna cuestión intrascendente. Los gritos y los insultos desnudaron el origen de la disputa pero también el que  sintiéndose  atrapados en la miseria económica no se encontraban dispuestos a la limpieza, el orden y el apoyo reciproco que es posible tener independientemente de si se cuenta con mucho o con poco dinero.  La sala de espera de un hospital si propicia esto último, incluso después de varios días la simpatía inicial de paso a las confidencias.

Ser pobre y estar enfermo es terrible en estos ambientes, pues le agrega a la desgracia la inminencia de la tragedia. Alguna vez escuche a un medico naturista cuando estudiaba con el los pormenores de los tratamientos que aplicaba, afirmar: no hay enfermedad invencible lo que si hay es enfermos incurables.  Tarde algunos años en entender esa diferencia que al principio me supo a excusa.  Sin  embargo ya no tengo la menor duda: la dieta, la mesura y el ejercicio son la llave de la salud y quien no respeta alguna de ellas visita prematuramente  el hospital.

Desde la época de la Grecia antigua Heráclito afirmaba: “la salud humana es un reflejo de la salud de la tierra”, si eso es cierto la gran contaminación y degradación de la tierra, símbolo de estos tiempos,  explicaría la inmensa cantidad de gente enferma que abruma a los hospitales o tal vez no se trate mas que un efecto de lo que afirmó Aldous Huxley: “La investigación de las 
enfermedades ha avanzado 
tanto que cada vez es más 
difícil encontrar a alguien 
que esté completamente sano”.

En una ocasión un medico, amigo de la infancia, me confió: “no todos los que se presentan en la sala de urgencias realmente lo necesitan, existen las urgencias reales y las urgencias “sentidas”, y estas últimas son mas que las reales”.

Si no todos los que están en espera de ser atendidos están tan enfermos como piensan y no todos los que no vamos a los hospitales estamos realmente sanos como para no ir, entonces lo que sostiene a ambos es la paradoja de la incertidumbre: puedo estar enfermo aun sin sentir nada, puedo sentir cualquier cosa y sentir que estoy grave.

Como solo los médicos nos pueden sacar de ese estado, muchos no se acercan a ellos por preferir no enterarse de lo desagradable…hasta que es inevitable, otros se acercan obsesivamente para atender el mas mínimo síntoma. En medio estamos los demás a la espera de que el destino llame a nuestra puerta y nos lleve de un extremo al otro, como le acaba de pasar a un miembro de mi familia.