Hoy sembré una ceiba en mi huerto, había nacido espontáneamente justo enfrente de la ventana de la recámara, fue un regalo que cayó del cielo empujada por la brisa y fertilizada por los cuidados que mi esposa le da a nuestro jardín.

Hoy sembré una ceiba en el huerto pues era el árbol que faltaba en ese lugar que desde hace años estamos  repoblando de árboles y de frutales y donde planeamos ella y yo pasar nuestra vejez disfrutando de  su sombra y de sus frutos.  Ya había sembrado una, la primera,  en medio de juegos infantiles, a instancias de nuestro maestro y justo enfrente del aula de cuarto año de primaria.  Hace poco cuando me platicaron de ella me hablaron  de un frondoso y espectacular árbol que le sirve de distintivo a esa escuela de mi infancia.  Cuando crecí y me fui de viaje por el mundo, ella siempre me siguió. Se me cruzó por todos lados en mis recorridos por la península de Yucatán, donde los Mayas lo veneraron como árbol sagrado llamándolo yaaxché y ni los españoles pudieron evitar que los plantaran en el centro de las plazas de sus pueblos.

Me topé con su figura inmensa que atraviesa el mundo de los hombres y los dioses al estudiar la cosmogonía maya pues comunica los tres planos en que está dividido el universo.  Sus ramas son medicinales y tiene el aspecto de  un Ser agradecido pues además  de dar amplia sombra por tener brazos inmensos, sus características  permiten la apertura de los trece cielos para todos los que osan treparla, en el sentido figurado que tanto gusta de usarse en el idioma de los mayas.

Después de mucho viajar  regrese a mi tierra y me vine a casar con una nativa de Cócorit, un pueblo del estado de Sonora cuya característica son las inmensas ceibas que tiene esparcidas por todos lados y sobre todo las que le dan vida y distintivo a su plaza principal, en un rasgo entre curioso y trágico pues esos árboles  hermanan al pueblo de Cocorit  con la península de Yucatán que está en la zona geográfica  de donde es originaria la ceiba  y a donde fue deportada su gente,  parte del pueblo yaqui, en aquella epopeya genocida de la que fueron víctimas en la época porfirista. Los yucatecos nos enviaron sus ceibas y los yaquis les pagaron con sudor y sangre esparcida en los campos en sus esfuerzos por sobrevivir y regresarse.  Ella pertenece a ese linaje, la conocí en uno de mis viajes y al poco tiempo  nos casamos en una casona antigua que esta rodeada de ceibas inmensas y bailamos en la fiesta al pie de la más grande de ellas.

Los botánicos describen a la ceiba como monumental y de vida centenaria, registrando  casos de una que ya pasa de los cuatrocientos años y otra a la que  le documentaron doscientos, ambas en Guatemala.

Al decirle a mi hijo menor que la ceiba que tenemos  enfrente, que está casi alineada con  la puerta de la casa, es un viejo conocido puesto ahí por la generosidad de un vecino y  que ya pasa los treinta metros de altura y veinte años de edad, se rió e ironizó la solemnidad con la que me dispuse a mover de lugar la ceibita, su hija,  que había nacido en el jardín para llevarla a la huerta.  “uhh papá ya vas a estar viejito para cuando se perezca a ésta…” me dijo apuntándole.  Sin hacerle mucho caso, reuní a toda la familia, juntos  la trasladamos y como lo he hecho con muchos árboles más, la replanté junto con mis hijos, repitiéndoles un discurso ya conocido por ellos: no importa cuanto tiempo sea necesario para que den frutos y sombra y si los que se beneficien vayamos a ser nosotros u otros; de niño comí fruta hasta el hartazgo y nunca conocí a quienes sembraron esos arboles, de manera que los que he ido sembrando a lo largo de la vida, serán una forma de retribuirle a los niños del futuro,  lo que otros me dieron a mi en el pasado: cuando mis hermanos y yo éramos niños y las tardes se nos iban en jugar en compañía de nuestros amigos, subir árboles para comer  sus frutos, era parte de la diversión.

Hemos andado el valle del yaqui en búsqueda de arboles monumentales y  descubierto, con cierta tristeza, que casi ya no quedan álamos, zapotes, eucaliptos y demás árboles que solían destacar en el horizonte  al recorrerlo por el borde de los canales.  Deberíamos de reforestar éste valle, para regresarle a sus hijos la sombra y la fruta que hace unas décadas tenía, los lugares se indican por si solos, son los cruces de los canales, a lo largo de los drenes y en todos los lugares que no interfieran con las actividades agrícolas. Es frecuente que la gente se queje de que ya no llueve “como antes” sin embargo en nosotros está contrarrestar en algo lo que lo produce: si reforestamos el valle y la sierra que lo bordea,  lograremos  que hagan todas las maravillas que esos “laboratorios” biológicos que son los árboles son capaces de hacer, incluyendo, cuando son muchos,  lograr que la evaporación se condense justo en las zonas que hacen llover, restituyendo el ciclo del agua y evitando las temibles sequias. En esos momentos de gran escases  es cuando los arboles parecen gritarle  a los hombres: “yo te ayudo….yo te ayudo…..”, en un dialogo de oídos sordos y gritos lastimeros por no ser suficientes para lograrlo.

Los árboles que deberíamos de plantar por todos lados debe de incluir los de gran tamaño ya que los espacios disponibles son escasos, dado que la vegetación original es decir, el manto vegetal que le corresponde al valle está totalmente ocupado por la agricultura intensiva.

Hoy planté uno de esos, obviamente una Ceiba,  propiciando que las manitas tiernas de mis hijos  cubrieran de tierra sus raíces generándoles una lazo invisible e indisoluble para con un ser vivo de una fuerza y longevidad como pocos en el mundo.

Con el paso de los años, en temporada de huracanes, he aprendido a  escuchar como recibe la fuerza del viento en una especie de dialogo de titanes que proviene del fondo de los siglos y que, en lengua maya, mi vecino, esa ceiba esplendorosa le dice a quien se acerca:  “¿que fue de los dioses que me habitaban…..?¿Dónde están los hombres que me adoraban….? ¿Quien eres tú que impávido te acercas temeroso de que el viento me haga algo, cuando sólo  es el medio que me permite hablar con la distancia?. ¿Que les pasa a los hombres de ahora que no  entienden mis gritos de esplendor por ser el invicto vencedor de los huracanes…?.

Hoy, intercambiamos nuestros hijos y en un acto de gratitud prometimos protegerlos. El, por ser yo un ayudante del viento  que esparce sus hijos por el valle, y yo  porque al pasar cerca de él diariamente, camino al trabajo, recibo su sombra que me hace voltear a verlo,  recordándome  el camino que realmente debe recorrer toda persona, apuntándome inflexible,  hacia el cielo.

Finalmente, como dijera Goethe, todas las teorías son grises solo es verde el dorado árbol de la vida, parafraseándolo  te  pregunto: ¿Cuándo vas a sembrar tú el árbol que te acompañe?…… ¿Si sólo puedes tener uno o dos  hijos, según costumbre de ésta época cuándo vas a sembrar los árboles que te compensen……?

Hoy, fue un día especial para mí al sembrar uno,  cualquiera de esos puede serlo  para ti también.