La observación del mundo obliga a quien lo hace a reflexionar sobre los sistemas de gobierno.

Las noticias muestran crudamente el nivel de descomposición en que se encuentra la sociedad actual en México.  Las  leyes y reglamentos, profusas y variadas, son  constantemente violadas y rotos por los que se encargan de velar su cumplimiento.

Los políticos, con sus palabras y sus actos, desnudan sus intenciones para todos los que los observamos con una dosis mínima de análisis, sin embargo, asombrosamente, mucha gente acepta sus comportamientos como normales.

Ellos, los políticos, se acusan mutuamente de realizar solo actividades que les reditúen apoyo y sobre todo votos a la hora de las elecciones, sin reconocer que  las reglas del juego electoral se basan en eso y que ellos mismos las  han definido  así.   Denuncian a sus adversarios políticos por actos de corrupción pero rara vez lo hacen ante los tribunales correspondientes. Los que gobiernan acusan a sus adversarios de obstaculizar el progreso al oponerse a las iniciativas de gobierno.  Cuando la oposición se hace gobierno, en la mayoría de los casos ha terminado haciendo lo que antes criticaba.  Todo lo cual es parte de  una espiral de complicidades en la que todo es negociable y cada vez más personas optan por el precio.

Los resultados –al menos en éste país- han sido desastrosos: hay pobreza, corrupción, violencia, impunidad, delincuencia, hambre, drogadicción, etc. Todo a la alza.

Ante estos hechos, es claro que el sistema para gobernar y reemplazar a los que lo harán y que denominamos democracia, no esta funcionando bien.

Funciona mucho mejor cuando están presentes algunos ingredientes básicos, en cuya ausencia todo se distorsiona y cada vez más personas son manipuladas.

El método democrático funciona mejor cuando el grupo social es pequeño y hay mucho y mejor conocimiento entre sus miembros.  Cuando hay un sentido de pertenencia lo suficientemente fuerte como para cultivar el impulso colectivo hacia el bien común.  En base a esas dos premisas anteriores  es natural que se desarrolle  un acuerdo, sustentado en la reciprocidad,  sobre quienes deben ser los gobernantes y  las características personales que hacen posible que unos lleguen a esos puestos y otros no.

Los primeros ejemplos de gobierno en la historia se basaron en individuos que ejercieron su liderazgo como reyes y lo recibieron por la vía hereditaria, ejerciéndolo como amos absolutos de sus respectivos pueblos.

Los Griegos antiguos desarrollaron el sistema democrático y le permitieron a la humanidad pasar de un sistema de poder individual omnímodo a uno colectivo y con contrapesos.

Sin embargo, al aumentar la población hemos llegado al  hecho de hacer imposible que por las vías comunes nos conozcamos entre sí, la diversidad política se ha acentuado  (en  algunos países hay que agregarle la inmigración, la pluralidad religiosa, lingüística y racial),  además de las diferencias que naturalmente siempre han existido entre los conservadores y los radicales. En la época moderna, solo acontecimientos de gran impacto logran unir a tantos grupos enfrentados entre sí, como cuando se da una guerra.

Es evidente que el sistema democrático no es malo en sí mismo, pero dadas las circunstancias requiere ajustes obvios para ésta época.

Las condiciones de los participantes protagónicos en el sistema político demuestran que la humanidad ha ido refinando sus defectos, se ha pervertido, se ha corrompido, pero simultáneamente ha perfeccionado los métodos para ocultar los delitos que comete o evadir las responsabilidades que se derivan de cometerlos.

La evolución de los códigos penales es una muestra que pone en  evidencia, con lujo de detalles, el progreso de los delitos, la forma de castigarlos y las maniobras inventadas para evitar ser castigados.

Resulta obvio que las condiciones básicas del sistema democrático no están funcionando dado que frecuentemente los gobernantes no suelen ser  los mejores miembros que ha producido una sociedad -cualquiera que esta sea-  y las condiciones de competencia impulsan a los que aspiran a serlo a obstaculizar, tergiversar y oponerse a cualquier acción de gobierno, ya que de no hacerlo, se exponen a no poder logarlo nunca si estas son exitosas.  Y cuando ya lo han ejercido, si lo pierden, se vuelven una oposición obstinada en lograr que al que los desplazó le fallen las cosas, pues solo así lo recuperarán de nuevo.  Así, los protagonistas políticos son impulsados a  una paradoja: trabajan obsesivamente en obstaculizar o por lo menos ignorar todo aquello que pueda mejorar la vida del pueblo que dicen amar, solo porque son hechas por otros, los que gobiernan.  Y cuando hay alternancia solo intercambian los papeles.

Por estas sencillas razones uno de las primeros aspectos a modificar es la edad de los gobernantes.

Debería de establecerse una edad mínima para aspirar a puestos de gobierno en la que a mayor responsabilidad se requiera de mayor experiencia de vida, de tal manera que solo los ancianos puedan ser senadores y presidentes de una nación.

Cuando se conserva la salud a edad avanzada se demuestra, por lo menos, mesura y organización en las cosas personales. Además que la pasión y el ímpetu irreflexivo ya ha disminuido considerablemente, desarrollándose en las personas así formadas, un impulso natural a dejar algún tipo de legado a las nuevas generaciones, pues se cuenta con la certeza de que el fin esta cerca.

Esta sencilla medida dejará por fuera a los advenedizos y le permitirá a los que anhelan gobernar comprobar su vocación de servicio, dedicando su vida al beneficio de los demás, con la certeza compartida de que sus esfuerzo y dedicación se verá recompensado  al ejercer puestos de mayor responsabilidad conforme acumule experiencia, preparación académica  y sabiduría. De tal manera que si, en su camino a las cumbres de la vida,  pierde las elecciones para un puesto de mayor responsabilidad debería de poder postularse para reelegirse en el nivel que ya ha desempeñado.

La segunda medida indispensable es la obligatoriedad que debe de adquirir quien ingrese a hacer carrera en el servicio público de bienestar social, de hacer pública su vida personal, hasta en los más mínimos detalles. Los gobernados deben de haber comprobado antes que su interés por el bien común, no este en duda ni es una ocurrencia.

El concepto de gobernante como aquel que supo aprovechar una “coyuntura favorable”, para lanzarse de candidato, negociar apoyos necesarios para ganar, gobernar y retirarse después, es una perversión más de ésta época.

Tener un perfil público que incluya todos los aspectos de una vida, es una forma sencilla y económica de que los votantes puedan elegir a los aspirantes a cualquier puesto, pues conocerán mejor sus cualidades y limitaciones, que patrimonio tienen y como  fue formado, estudios, matrimonios, hijos, etc.,   y dispondrán de información completa de las experiencias acumuladas de los puestos anteriores que ha desempeñado el candidato: Que no sean necesarias las promesas, que las campañas se centren en los métodos de gobierno y la definición de prioridades, desde la base de la credibilidad de quien las hace.

Así, los futuros gobernantes deberían de iniciar su carrera siendo los presidentes de las sociedades de padres de familia de las escuelas,  los responsables de los clubs de beneficencia, presidentes de patronatos de ayuda, dirigentes de fundaciones, comisarios de pueblo, presidentes de manzana, etc., es decir el nivel más bajo de trabajo comunitario y cuando aun no se dispone de fondos públicos, a su disposición,  para hacerlo.

Esta disposición le daría un extraordinario impulso al trabajo y organización comunitaria, regresando el protagonismo al nivel en que es más difícil engañar  a los beneficiados, tendencia generalizada en éste país.  El trabajo comunitario ayudará a filtrar a los lideres y resarcirá la capacidad de decisión a quienes verdaderamente las deben de tomar y que hoy esta limitada al momento supremo de votar.

De ahí deberían de salir los regidores, consejeros municipales, etc., de entre los miembros de ese primer nivel de gobierno,  deberían de elegirse  los próximos presidentes municipales y los diputados locales.  De estos dos bien podría ser la base de elección de los próximos gobernadores de estados o diputados federales. Y de entre los diputados federales y los gobernadores seleccionar  a los senadores. De entre los senadores al próximo presidente del país y que los ex presidentes sean senadores vitalicios.  Los ex gobernadores que no pudieron avanzar deberían  de desempeñarse obligatoriamente un par de periodos después del que encabezaron el gobierno como diputados de su estado, conservando así abierta las posibilidades de lanzar de nuevo su candidatura, pero sin inmunidad sobre responsabilidades derivados de sus actos de gobierno.

La última etapa conduciría a  que el senado se convierta en un cuerpo colegiado de gobierno, una especie de consejo de ancianos, al que las reglas de acceso y de salida sean de los más altos estándares.

En resumen es necesario que se requiera muchos años de experiencia para gobernar un país, que sea evidente y pública la vida de quienes aspiran a hacerlo y que sean personas con una larga e impecable  experiencia de vida los que lo hagan.

Así como los beneficios son obvios, los inconvenientes de estas medidas han sido resaltadas por quienes las han analizado:

1.- Se requieren una o dos generaciones para poderse implementar. Sin embargo las difíciles condiciones  de México y el de otros países, exacerbadas a la hora de querer reemplazar a sus gobernantes y la cada vez mas compleja polarización en que se han ido cayendo países como  Italia, España, Venezuela, Estados Unidos, Argentina, India, etc.,  al entrar en esos mismos procesos, hace necesario intentarlo pues mantener las cosas como están solo asegura una cosa: la situación empeorará cada vez mas. El caos mundial ya ha dado muestras fehacientes de que solo haca falta un detonante para caer en la  la anarquía. Estos episodios ya han ocurrido en Estados Unidos, Francia, Argentina, Egipto, etc.

2.- Las afectaciones a los derechos individuales de quienes deseen iniciar su carrera política como gobernadores o presidentes de una nación.  Es evidente que el bien común esta por encima del bien particular, por lo que la sociedad tiene el derecho de imponer las condiciones que considere pertinentes.   Y,  conocer exhaustivamente a sus gobernantes antes de darles esa autoridad, más allá de lo que declaren sobre sí mismos, así como exigirles la experiencia previa que les permita demostrar las aptitudes que un buen gobernante debe de tener, son solo dos de las más básicas.

La experiencia de México demuestra que con las restricciones actuales y haciendo uso de las típicas campañas políticas  basadas en la promoción personal, controladas y manipuladas por los partidos políticos, nos han gobernado asesinos, corruptos, drogadictos, traficantes, ineptos, etc.

Por esos antecedentes irrefutables es necesario anteponer, al interés personal inocultable de quienes se interesan en las labores de gobierno, por los beneficios personales y económicos que implica, la necesidad imperiosa que como sociedad tenemos, de lograr que quien gobierne, lo haga bien. Y para eso es necesario imponer los filtros que ayuden a lograr que los gobernantes sean elegidos de entre los mejores miembros de una sociedad, es decir, entre aquellos que han destacado a lo largo de su vida por su honradez, su preparación académica, sus habilidades  cono administrador, su sensibilidad social, su inteligencia, etc.

Finalmente es necesario reconocer que estos cambios y cualquier otro en el mismo sentido, difícilmente se impulsará y se aprobarán por parte  de los actuales miembros de la “clase política”, pues atenta contra sus métodos y complicidades que les han permitido acceder  y mantenerse en el  gobierno, aunque sus resultados no los avalen.

Sin embargo estas propuestas también van dirigidas a ellos, sobre todo a los más jóvenes, es decir  a los que aun creen en el futuro como algo posible de modificar y de entre ellos, especialmente a los que han sido afectados por  quienes envilecen la política, obligándolos a  asomarse a la boca de ese monstruo que devora principios, esperanzas y dignidades  y que esas mismas personas no dudan en llamar “trabajo político partidario”.

Los que pueden impulsarlos hasta lograr su implementación son los que, sin ser parte de los partidos políticos, queremos disfrutar de los beneficios que trae el contar con los mejores  gobernantes posibles.  En ese sentido y una vez coincidiendo en las  prioridades elementales, todo es posible.

A estas propuestas les hacen falta muchos detalles, pues me limito a presentarlas como pensador con iniciativa, no como legislador.