Somos contemporáneos de una serie de fenómenos sumamente interesantes, que sin embargo pasan desapercibidos para la mayoría de la gente.

A los científicos siempre les ha intrigado porque, de entre miles,  solo unas cuantas especies presentan la menstruación como parte de sus procesos de reproducción y después de siglos de especulaciones se sabe que los humanos tienen la habilidad de interrumpir el embarazo en cuanto se presenta alguna anomalía en los complicados y complejos procesos de la reproducción de un nuevo cuerpo humano. Ese maravilloso acontecimiento que implica grandes cambios en la fisiología y la psicología femenina incluye no solo lo necesario para llevarlo a su culminación sino la habilidad para poder interrumpirlo si es indispensable hacerlo.

Si aceptamos que el cuerpo humano  tiene las características necesarias para que se exprese Dios en el, es decir el espíritu, si aceptamos que somos cuerpo-alma-espíritu y que esa naturaleza material-espiritual  es parte de la esencia de lo humano.  Podemos inferir que el proceso de gestación es, en el fondo, la construcción de un nuevo templo.

También sabemos que el corazón es el asiento de ciertos procesos psíquicos-emocionales que lo ubican como un órgano mucho mas complejo que una simple bomba y eso se ha evidenciado con los trasplantes de corazón, pues al prolongarse la vida de la gente que usa el corazón de otra persona, se presentan emociones y hasta recuerdos que no son de la vida del receptor sino de la vida del donante.  Ese fenómeno ha intrigado a todos, especialmente a los familiares de quien habiendo donado su corazón, han tenido  la oportunidad de conocer al que porta el corazón de su familiar.

Si el ser humano ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios y  el cuerpo humano es un templo, el corazón es el altar.

En las tradiciones orientales se asegura que vivir es llegar a la escuela donde se estudia los misterios de la vida y de la muerte…mientras llega el oficiante (Dios).
Los fenómenos culturales se han globalizado a tal grado que todo se comparte, se magnifica y al mismo tiempo muestra sus ingredientes. Por ejemplo  a los artistas que destacan por algún talento en especial, o a los deportistas que sobresalen por alguna habilidad especifica se les pretende dar categoría especial poniéndolos de ejemplo, por la fama que alcanzan, sin embargo cuando se publican detalles de sus vidas privadas que evidencian sus defectos o limitaciones personales se abre una brecha entre la imagen que los medios pretenden que ellos sean y lo que verdaderamente son.  En esa brecha se introducen los programas de espectáculos o chismes de los famosos que venden el morbo que esa diferencia pone en evidencia.

Papel aparte juegan los espectadores que asocian a esas imágenes sus fantasías y sus  frustraciones, sin reparar que la fama es una especie de monstruo que devora a sus beneficiarios en forma implacable.

¿Cuantas jovencitos llegan a la fama musical para después caer en la vorágine del alcohol, las drogas y el sexo desenfrenado ?

¿ A cuantos deportistas les pasa esto mismo…?

Sin embargo no es solo en ellos en  los que  estoy pensando, sino en las multitudes de personas que ante la carencia de vida espiritual propia, inducidos por esa forma de hacer publicidad al rededor de los artistas hasta hacerlos productos de consumo reemplazables, y que terminan por llenar su vida con la vida de esos “ídolos” del momento.

Una vez que la vida y los sentimientos de las multitudes de “fans” se llenan de las vidas y detalles de sus ídolos, también permiten que su corazón se llene de esas vidas ajenas.  Una vez colmados de la admiración extrema el corazón ya no tiene espacio para Dios, o dicho en otras palabras el altar queda vacío.

A alguien se le podría ocurrir construir un templo sin altar…?

Cuando el altar está vacío la gente se dedica a adorar a los ídolos del presente, como si eso fuera lo máximo, se esmeran por llegar al paroxismo en los estadios o  en los conciertos, sin reparar que eso representa una gran temeridad, una gran contradicción interior.  Sin embargo, también es posible que ahora mismo, a pesar de nuestra ignorancia al respecto, se esté incubando el nuevo aspirante a ocupar el altar interior, que podría significar seguir posponiendo lo que nos da identidad espiritual propia: una relación personal con Dios.  Pero también que de la naturaleza de ese cambio dependa que nos encaminemos a Dios o pongamos rumbo hacia el camino que no conduce a ninguna parte.