Uno de estos días, no hace mucho, recibí por WhatsApp un mensaje que decía: “hola, estas ahí….?”.  Lo conteste con una sonrisa pues sabia que se trataba de uno de mis compañeros de la secundaria.

Pronto me vi envuelto en una serie interminable de mensajes por esa via de los teléfonos inteligentes, en la que personas que habíamos coincidido en la adolescencia como condiscípulos en la secundaria, nos estábamos poniendo en contacto. El grupo pronto fue creciendo y  los saludos no tardaron  en cristalizar en los planes de una reunión: acordamos reunirnos en casa de uno de los mas entusiastas  y artífice de la reunión, que gustoso se ofreció como anfitrión, en la cada vez mas bella ciudad de Alamos, Sonora.

Ya había habido unos intentos previos, incipientes, pero esta vez las facilidades de la comunicación instantánea hizo la diferencia.  Comenzaron a circular fotos y  anécdotas que nos informaban de la vida de quienes fueron nuestros  amigos de entonces, esos  que  se distinguen por ser  los primeros que no fueron  decididos por nuestros padres, los primeros camaradas y cómplices de  una vida apenas iniciando la cuesta.

Así fue como  organizados salimos de Hermosillo, Obregón y otros lugares con la intención de volvernos a ver.  La incertidumbre se había disipado en gran medida por las fotos intercambiadas, pero quedaba el momento de estrecharnos la mano de nuevo.  Llegado el momento para muchos de nosotros eso no fue suficiente y los abrazos se dieron espontáneos, cálidos. Preludios de una sinfonía de sonrisas.

Extraña sensación aquella de saludar de nuevo a personas que la ultima vez que lo hicimos fue cuando éramos adolescentes, casi niños.

Aquellos años en que nuestras  manos sin pasado le daban marco a un rostro con las ilusiones por el futuro intactas, la inocencia de  las novias y novios, que sin ser nada  prometían todo.  Donde todo era un mundo aun por descubrir y unas vidas, que vista desde aquí, estaban apenas empezando.
Todas esas cosas   se cruzaron de nuevo con las manos callosas, el rostro cansado y un que otro corazón herido, pero alegre, de quienes sienten que  el destino es un pesado fardo, ahora que ya les ha sido  revelado. La incógnita de nuestra vida ya se resolvió. Y nos vimos intercambiando fotos digitales de nuestros hijos y algunos hasta de sus nietos.  Nos volvimos a mirar a los ojos y entre incrédulos y divertidos aceptamos que debíamos de contarnos de nuevo nuestra vida.  Primero nos las contamos cuando nuestra biografía cabía en una sola página y sobraban renglones. Ahora, con varios tomos escritos, tuvimos que ahorrar algunos capítulos y centrarnos en lo mas importante, no importaba que no fuera lo mas agradable.

Así, las horas se fueron desgranando entre platicas, anécdotas, canciones y proyectos.

Fuimos testigos de  nuestros rostros moldeados por los años, pero  conservando en la voz el tono  inconfundible.  Almas sobrecogidas sobre sí mismas, reconociendo sus andanzas por la vida y recuperando a los que las iniciamos juntos.  Sobrevivientes de la  Juventud, derrochada en logros y recapitulada en  alegrías y sufrimientos familiares.  Recapitulación que  al mismo tiempo los cosecha, los asume y presume al compartirlos.

Todos reímos, platicamos, cantamos y compartimos la comida en un ambiente cálido, que propiciaba  la confesión, la camaradería y la complicidad de quien se sabe entre iguales. Fue admirable el respeto que imperaba.  Esporádico que nos refiriéramos a nuestros títulos universitarios, todos éramos  solo nuestros nombres o nuestros apellidos, pero  sobre todo nuestros apodos, esos que nos pusimos cuando nos conocimos.

Uno de nuestros maestros hizo acto de presencia y le dio un toque especial a una reunión ya de por si extraordinaria. Nos tomamos de nuevo las “foto de grupo” que seguramente requerirá que le expliquemos a nuestros familiares quien de entre todos era el maestro,  pues se conserva muy bien de salud y de aspecto, pero sobre todo de actitud, pues habiendo sido nuestro maestro de música, pudo constatar como varios de sus alumnos se han convertido en trovadores, hábiles en la guitarra y diestros en el difícil arte de contar historias musicalizadas.

Fueron dos días de convivencia, de encuentro extraordinario.  Cuando los reencuentros son solo coincidencias físicas, producen efectos, pero cuando incluyen las emociones y los ánimos que nos envolvieron esos días, entonces tocan el espíritu, producen alegrías intimas, en las que predomina una emoción sincera de quienes hemos vuelto a encontrar, en nuestros iguales, el espacio para el regocijo del alma.   Esa que da la certeza de volver a contar con amigos que fácilmente pueden ser confidentes, como solamente lo pueden ser quienes han vivido juntos.  Y nosotros al reencontrarnos nos transmitimos la sensación de conocernos de toda la vida, aunque algunos no la hayamos podido compartir completa, pero son los privilegios que da el  haberla iniciado juntos.

En los carros se quedaron los doctores, los abogados, las amas de casa, maestros, ingenieros, comerciantes, etc.  En las casas se quedaron las esposas y los esposos, pues ahí, alrededor de la alberca, solo había un grupo de conocidos esforzándose por volver a ser amigos.

Generosamente el anfitrión nos convoco al  brindis por la amistad y  entre todos logramos la comunión de voluntades, y así, ya compenetrados,  reiniciamos la ruta de la esperanza compartida de hacer de nuestra amistad algo que trascienda y sirva, además,  para ir amalgamando a los que faltan.

Gracias a todos por hacer posible esa grata experiencia.

Gracias a Dios por permitirnos la gracia de vivir para contarlo.