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CAMINAR POR EL MUNDO…

Caminar es una experiencia extraordinaria cuando se hace por primera vez.  Recuerdo nítidamente la inmensa alegría que me producia el solo hecho de poder correr.  En cuanto lo puede hacer, corria por gusto, brincaba y daba maromas solo por el placer que hacerlo me producia. Caminar  siempre ha sido una de las costumbres que mas he disfrutado.  Desde los  12 años de edad comence a caminar  mas de  4 kilometros diarios para poder ir a  la escuela y asi continue recorriendo, siempre solo, distancias cada vez mas  largas. El destino me obligo a caminarme larguisimos trechos de las muchas ciudades en las que he vivido o visitado.

Caminar solo por el desierto de Sonora ha sido de las experiencias mas gratificantes por la edad en la que comencé a hacerlo, aun no he abandonado esa costumbre, aunque con muchas mas precauciones dadas las condiciones de inseguridad y violencia a que hemos llegado.

Siempre me las he ingeniado para adentrarme  solo por el monte, lejos de la gente, asi pude experimentar la soledad de la montaña.  El espectaculo de la ciudad a lo lejos con todo  su bullicio es especialmente sobrecogedor cuando se trata de Monterrey, por lo alto e imponentes que son las montañas en las que esta enclavada.  Xalapa tambien es un caso especial por el abrumador verdor que la viste y la rodea,  ahí hay un verdadero derroche de agua y hospitalidad.

Dormir entre las cuevas de los cerros, vadear los valles por el cause de los arroyos, buscar las sombras de los arboles a la orilla de los ríos, meditar en los parajes solitarios con la sola compañia de los pajaros y el silvar del viento es una sensación extraordinaria. Si se lo propone uno puede escuchar los sonidos del monte, el idioma de la selva o los gritos del desierto y descubrirá con asombro que solo es cuestión de durar en silencio el tiempo suficiente como para oírlos.

Acostumbrado como estaba a hacerlo en solitario la mayoria de las veces, por azares del destino , en cuanto alcance la mayoria de edad, pronto me vi caminando largos tramos de la calzada de Tlalpan, en Mexico, D.F., e inevitablemente recorrer casi toda la ciudad por medio del Metro.

Me divertia hacerlo. Ahí supe lo que era el anonimato.  Caminar por entre rios de gente, literalmente miles de desconocidos que apurados, se agitan entre si ausentes unos de otros, era para mi, un muchacho pueblerino,  un mensaje sobrecogedor sobre lo que es la condicion  humana.  Al principio me sorprendia no conocer a nadie, repasaba los rostros de la manera mas discreta posible, hasta que unos meses despues de ese ejercicio de curiosidad, encontre a un amigo entre los andenes del metro y platicamos brevemente sin saber que con eso el habia dado por terminado mi busqueda.  Las multitudes anonimas dicen cosas que puede uno aprender si se desplaza como si “nadara”” en esos ríos de gente con actitud de descubrir lo que llevan consigo.  Pareciera que en alguna parte oculta esta el corazón que impulsa a esos millones de personas por entre las venas del metro, donde los acomodadores se esfuerzan por hacer que quepan en los vagones, en las horas de mayor aglomeracion.  En  mi afan por entremezclarme entre las multitudes viví la experiencia de perder mi cartera y entonces sí, abandone esa costumbre en la que ademas de soportar los olores aprendi a distinguir la relación entre razgos en los rostros y las complexiones humanas.  Me intrigaba la obviedad de la frase de que todos somos iguales pero diferentes.

Cada vez que me era posible volvia a mis caminatas por el desierto, por la  husteca veracruzana o por el monte yucateco. En estos días cuando camino,  si voy acompañado, siempre me las ingenio para rezagarme o adelantarme, el caso es disfrutar caminar en solitario.  Cuando recorrí las calles de Los Angeles, en fines de semana y  cercanas a la playa, comprobe que las multitudes con mezcla racial no son distintas a las demas, despues de todo, somos iguales en la diversidad de  las apariencias y al mismo tiempo  increiblemente distintos en las costumbres cuando pertenecemos a otras culturas.

Si le buscas los ojos a los desconocidos decubriras que algunos te confunden con alguien de sus amistades, otros te contestan con la indiferencia que les da la seguridad que no hay posibilidad de que seas amigo o familiar por no ser del lugar donde se encuentran, pero en todos los casos las miradas te diran algo.  Lamentablemente las cosas han llegado a tal extremo de violencia e inseguridad en esta época, que ese ejercicio ya no es fácil hacerlo sin exponerse a una mala experiencia.   En por lo menos dos ocaciones se me acercaron personas para saludarme confundiéndome con alguien conocido.  En el puerto de Veracruz fue interesante la efusividad de quien me confundía con otra persona, no se si por problemas de la vista o por la extraordinaria coincidencia de razgos que  lo hizo confundirse.  Logre mis propositos de conocer gente, mucha gente, tanta como me fuera posible, de manera que ahora se reconocer ciertas cosas que la apariencia, las proporciones y la complexión dicen de la gente. El cabello es especialmente revelador de ciertas características propias del portador en relacion a su personalidad, las manos también. Cuando se sabe “leer”  la mano se comprueba que ahí esta informacion complementaria con todo lo demas que ya estan mostrando el cuerpo, el rostro, el cabello, etc. Para el buen observador no es necesario que la persona se describa, basta mirarla detenidamente y eso es suficiente.

Observa como camina alguien, como habla y los razgos distintivos de su apariencia y sabras algunas cosas básicas de su forma de ser.  De ese tipo de experiencia vienen la suspicacia de las personas mayores o la intuición de las madres. Lo que he hecho yo solo es acelerar el proceso.

De la misma manera que pasar horas entre las multitudes anonimas es una especie de  curso intensivo sobre los razgos posibles entre la inmensa variedad de formas humanas,  aprender a caminar en silencio y en solitario es una magnifica oportunidad para desarrollar el sentido de la observacion y la reflexion interior.  Si puedes intercalar ambos el efecto se incrementara, pero en ambos casos debe de tenerse cuidado pues si es multitud debe de abandonarse inmediatamente que esta se emocione por algo, cualquier cosa que la ponga euforica o furiosa.  Ser parte de una turba furiosa o desenfrenada es de pésimos efectos para quienes buscan la paz interior y cultivan la espiritualidad de la vida.  Si es una caminata  en solitario es evidente que no debemos de exponernos a los accidentes o a las agresiones que propician los parajes solitarios.

La gente nos enseña si queremos y sabemos aprender.  El mundo es un escenario que da forma a la escuela mas importante a la que hayamos asistido, de lo que aprendamos en ella dependera lo que logremos en la vida, dado que interrelacionarnos es la condición básica de las clases a las que hemos sido convocados.

Como dice el refran:  ” el día que aprendamos a caminar, Dios nos va a dar alas…”

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Vivir para contarlo….

Uno de estos días, no hace mucho, recibí por WhatsApp un mensaje que decía: “hola, estas ahí….?”.  Lo conteste con una sonrisa pues sabia que se trataba de uno de mis compañeros de la secundaria.

Pronto me vi envuelto en una serie interminable de mensajes por esa via de los teléfonos inteligentes, en la que personas que habíamos coincidido en la adolescencia como condiscípulos en la secundaria, nos estábamos poniendo en contacto. El grupo pronto fue creciendo y  los saludos no tardaron  en cristalizar en los planes de una reunión: acordamos reunirnos en casa de uno de los mas entusiastas  y artífice de la reunión, que gustoso se ofreció como anfitrión, en la cada vez mas bella ciudad de Alamos, Sonora.

Ya había habido unos intentos previos, incipientes, pero esta vez las facilidades de la comunicación instantánea hizo la diferencia.  Comenzaron a circular fotos y  anécdotas que nos informaban de la vida de quienes fueron nuestros  amigos de entonces, esos  que  se distinguen por ser  los primeros que no fueron  decididos por nuestros padres, los primeros camaradas y cómplices de  una vida apenas iniciando la cuesta.

Así fue como  organizados salimos de Hermosillo, Obregón y otros lugares con la intención de volvernos a ver.  La incertidumbre se había disipado en gran medida por las fotos intercambiadas, pero quedaba el momento de estrecharnos la mano de nuevo.  Llegado el momento para muchos de nosotros eso no fue suficiente y los abrazos se dieron espontáneos, cálidos. Preludios de una sinfonía de sonrisas.

Extraña sensación aquella de saludar de nuevo a personas que la ultima vez que lo hicimos fue cuando éramos adolescentes, casi niños.

Aquellos años en que nuestras  manos sin pasado le daban marco a un rostro con las ilusiones por el futuro intactas, la inocencia de  las novias y novios, que sin ser nada  prometían todo.  Donde todo era un mundo aun por descubrir y unas vidas, que vista desde aquí, estaban apenas empezando.
Todas esas cosas   se cruzaron de nuevo con las manos callosas, el rostro cansado y un que otro corazón herido, pero alegre, de quienes sienten que  el destino es un pesado fardo, ahora que ya les ha sido  revelado. La incógnita de nuestra vida ya se resolvió. Y nos vimos intercambiando fotos digitales de nuestros hijos y algunos hasta de sus nietos.  Nos volvimos a mirar a los ojos y entre incrédulos y divertidos aceptamos que debíamos de contarnos de nuevo nuestra vida.  Primero nos las contamos cuando nuestra biografía cabía en una sola página y sobraban renglones. Ahora, con varios tomos escritos, tuvimos que ahorrar algunos capítulos y centrarnos en lo mas importante, no importaba que no fuera lo mas agradable.

Así, las horas se fueron desgranando entre platicas, anécdotas, canciones y proyectos.

Fuimos testigos de  nuestros rostros moldeados por los años, pero  conservando en la voz el tono  inconfundible.  Almas sobrecogidas sobre sí mismas, reconociendo sus andanzas por la vida y recuperando a los que las iniciamos juntos.  Sobrevivientes de la  Juventud, derrochada en logros y recapitulada en  alegrías y sufrimientos familiares.  Recapitulación que  al mismo tiempo los cosecha, los asume y presume al compartirlos.

Todos reímos, platicamos, cantamos y compartimos la comida en un ambiente cálido, que propiciaba  la confesión, la camaradería y la complicidad de quien se sabe entre iguales. Fue admirable el respeto que imperaba.  Esporádico que nos refiriéramos a nuestros títulos universitarios, todos éramos  solo nuestros nombres o nuestros apellidos, pero  sobre todo nuestros apodos, esos que nos pusimos cuando nos conocimos.

Uno de nuestros maestros hizo acto de presencia y le dio un toque especial a una reunión ya de por si extraordinaria. Nos tomamos de nuevo las “foto de grupo” que seguramente requerirá que le expliquemos a nuestros familiares quien de entre todos era el maestro,  pues se conserva muy bien de salud y de aspecto, pero sobre todo de actitud, pues habiendo sido nuestro maestro de música, pudo constatar como varios de sus alumnos se han convertido en trovadores, hábiles en la guitarra y diestros en el difícil arte de contar historias musicalizadas.

Fueron dos días de convivencia, de encuentro extraordinario.  Cuando los reencuentros son solo coincidencias físicas, producen efectos, pero cuando incluyen las emociones y los ánimos que nos envolvieron esos días, entonces tocan el espíritu, producen alegrías intimas, en las que predomina una emoción sincera de quienes hemos vuelto a encontrar, en nuestros iguales, el espacio para el regocijo del alma.   Esa que da la certeza de volver a contar con amigos que fácilmente pueden ser confidentes, como solamente lo pueden ser quienes han vivido juntos.  Y nosotros al reencontrarnos nos transmitimos la sensación de conocernos de toda la vida, aunque algunos no la hayamos podido compartir completa, pero son los privilegios que da el  haberla iniciado juntos.

En los carros se quedaron los doctores, los abogados, las amas de casa, maestros, ingenieros, comerciantes, etc.  En las casas se quedaron las esposas y los esposos, pues ahí, alrededor de la alberca, solo había un grupo de conocidos esforzándose por volver a ser amigos.

Generosamente el anfitrión nos convoco al  brindis por la amistad y  entre todos logramos la comunión de voluntades, y así, ya compenetrados,  reiniciamos la ruta de la esperanza compartida de hacer de nuestra amistad algo que trascienda y sirva, además,  para ir amalgamando a los que faltan.

Gracias a todos por hacer posible esa grata experiencia.

Gracias a Dios por permitirnos la gracia de vivir para contarlo.

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Excursión al pueblo de la Aduana

Recientemente caminamos  por las calles empedradas del pueblo de  La aduana, -uno de los antiguos pueblos  mineros de la región -, como preámbulo para enfilarnos hacia lo alto de “la sierra de Alamos”.  Esta zona del estado de Sonora es conocida también como “tesoro de la sierra madre occidental” por su riqueza  biológica y alta diversidad de especies. Invertimos un par de años desde que nos enteramos que hay un grupo de guías organizados en recorridos  turísticos por  esa zona serrana hasta que pudimos materializarlo, para ello fue necesario volver un par de ocasiones y varios correos electrónicos tanto entre los que estábamos interesados en el viaje como con los guías.

Después de que algunos se sumaron y otros declinaron llegamos un grupo de 6 personas a la entrada del pueblo donde ya nos esperaban tres guías que pronto organizaron los enseres y víveres en un par de burros para casi inmediatamente iniciar una alegre caminata por el arroyo bordeado de sabinos…por fin íbamos rumbo a la cumbre.

En ese momento no sabíamos a ciencia cierta el esfuerzo que nos implicaría y lo que nos esperaba, solo teníamos la certeza compartida de conocer esa parte de la sierra del sur del estado que está dentro de una zona natural protegida conocida como “Sierra de Álamos-Arroyo cuchujaqui”.

Personalmente me motivaban coincidir con amigos a los que nos gusta la inmersión en sus parajes, disfrutar del amanecer en las montañas, conocer especies endémicas y realizar algunas tomas fotográficas desde lugares estratégicos, por ejemplo desde donde se dominan el valle agrícola  rumbo al mar o bien la magnifica ciudad de Alamos hacia el oriente.

Dado que salimos a media tarde pronto descubrimos que la ruta elegida por nuestros guías era muy empinada obligándonos a ascender en constante sig zag pero sobre todo que una parte de nuestro ascenso tendría que hacerse de noche.

Caminar por veredas estrechas, constantemente empinadas bordeando desfiladeros,  pronto dejo de ser divertido pues la noche nos cubrió  y  los que ivamos en la avanzada, solo disponíamos  de la luz de la luna ya que en el otro burro se había quedado mi  mochila con la lámpara, por lo que solo me quedaba confiar en el guía y su burro que sostenían un ritmo que si bien no era de prisa si era constante y parejo. En un momento dado o le pedía que se parara  o le mantenía el ritmo, así que opte por acercarme de tal manera al guía que podía pisar exactamente en donde el acababa de pisar, mientras mantenía la mirada clavada en el suelo, olvidándome de lo que nos rodeaba, al fin y al cabo ya no se distinguía casi nada. Caminando así recordé las “caminatas de poder” que Don Juan Matus le enseño a Carlos Castaneda por lo que inmediatamente incluí el doblar de los dedos de las manos que él sugiere así como evitar hablar durante el trayecto.  Utilizar esa técnica que conocí hace muchos años fue como un impulso natural,  lo que lo hizo una  experiencia extraordinaria fue hacerlo de noche y en las laderas de una sierra empinada y totalmente desconocida. En cuanto llegamos al primer plano del terreno el guía se detuvo a esperar al resto del grupo pues ya nos habíamos adelantado bastante, nos sentamos en silencio en casi total oscuridad por lo cerrado del bosque. Nos sobrevino un silencio envolvente que paulatinamente fue desapareciendo, me obligo a un estado de máxima alerta por inesperado, por lo que me dedique a disfrutarlo. Una vez que llegaron los demás sacamos las linternas y retomamos el camino. La luz parecía molestar al burro y el guía demostraba no hacerle falta, tal es su conocimiento de esas veredas escarpadas.  Muy pronto llegamos y acampamos, nuestros guías dispusieron todo y encendieron el fuego, para entonces Carlos, uno de nuestros acompañantes que es aficionado al ciclismo de montaña y experto en electrónica nos informo que  su teléfono celular le indicaba que habíamos ascendido mas de setecientos metros en un poco mas de tres horas de caminata. La zona donde acampamos  fue en un claro de un tupido bosque de encinos que a pesar de su ligera pendiente era muy propicio para el descanso tanto para nosotros como para los animales de carga. Revisamos el cielo estrellado tratando de identificar a las estrellas mas notorias mientras cenábamos a la luz de la fogata, leves ráfagas de viento fresco animaban las copas de los arboles, mientras se oían a lo lejos los sonidos nocturnos del monte y  los animales que lo habitan, como una especie de saludo e interrogatorio hacia los que nos encontrábamos invadiendo su espacio. Ya antes, a medio camino fuimos rebasados por una parvada muy numerosa de pericos que con sus graznidos nos reclamaban haberlos interrumpido.

Amanecer en lo alto de las montañas de la sierra  es realmente revitalizador, el aire es fresco y limpio, los pájaros con sus cantos urgen al sol que se apresure, los guías siempre anticipándose a todo delinean la ruta a seguir y nosotros, los citadinos, arreglamos nuestras cosas aprestándonos para una nueva caminata.

Casi inmediatamente al bordear una ladera apareció de pronto “el pilaron” una imponente maza de granito erguida verticalmente como  un vigía milenario que lo mismo da cobijo a quienes llegan hasta su base como sirve de testigo al león de montaña que caza venados en su vecindad y que deja vestigios de piel al arrastrarlo y que para todos los que se asoman por esos parajes es una referencia obligada para ubicarse en las soledades de este monte lleno de una vegetación que resulta exuberante si la comparamos con la que se encuentra en las planicies que lo rodean.  Por aquí predominan los encinos, el “palo mulato” cuya cascara da un te suave, el “palo santo”, la pitahaya barbona, la “cacachila” cuyas ramas huelen igual que los zorrillos y por supuesto la “lechuguilla”  de donde se saca el aguardiente de esta zona serrana cuyas flores  (“bellusas”) se comen guisándolas tal y como si fueran  las verdolagas que se dan allá abajo en el valle. La caminata fue de un poco mas de cuatro horas que fueron suficientes para agotar el agua de las cantimploras y obligarnos a terminar por acceder a las indicaciones de nuestros guías de tomar agua de los “aguajes” que nos encontramos a la vera de los caminos. Sin embargo el recelo de quienes vivimos rodeados de cemento y asfalto nos obligo a recurrir a los desinfectantes microbianos antes de beberla, a pesar de la insistencia de los lugareños que cada vez que podían afirmaban que siempre la han consumido así como está, con lama y todo, sin que les pase nada. Bordeando la sierra pudimos apreciar la vista aérea de Alamos justo desde el lado opuesto a la que proporciona su mirador.

Cada vez que me era posible me separaba del grupo ya sea dejando avanzar a los de adelante o adelantándome en solitario hasta que obtuve la recompensa esperada: me tope casi de frente con una venada ya grande, ambos reparamos de la presencia del otro por un chiflido intempestivo que pegue para confirmar la cercanía de los que venían atrás azuzado por el temor de haberme alejado del camino correcto, sentí su sobresalto y admire su destreza al correr, pero me dejo su mirada. La inconfundible mirada del alma de los montes que solo tienen los que nacen y mueren sin nunca salir de él.

Bajamos en silencio, sin prisas y bordeando el impresionante “naca charamba” o piedra monumental que engalana la vista desde lo alto de la sierra  cuando uno mira hacia el valle donde está asentado Navojoa, a un lado del cual esta la represa del “veranito”.

Pronto estábamos sentados en la placita del pueblo de la Aduana rehidratándonos y regocijándonos por lo que habíamos vivido en esos dos días en que rompiendo nuestras rutinas nos adentramos en al animo de la sierra y en la paciencia de nuestros guías.

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Equinoccio en Chichen Itzá

Chichen Itzá, está en Yucatán, México, es uno de los vestigios de los Mayas más vistosos y originales. Su nombre antiguo era otro pero por su arquitectura y por su historia, podríamos decir que fue la “supernova de los mayas”, es decir el último y más intenso brillo que se registro de esa antigua civilización, antes de colapsar y desaparecer en la bruma de la selva y la noche de la historia.

Su nombre tiene varios significados: literalmente se puede traducir como  “En la orilla del Pozo de los brujos de agua”, también se le asocia con el culto a Kukukcan o “serpiente emplumada”, pero en ambos casos tiene que ver con la religión y la magia. Es pues, un lugar que impone por la forma en que está construida, por el ambiente que la rodea y por supuesto por la historia que se ha ido tejiendo a su alrededor conforme se ha ido profundizando en develar sus misterios.

Al recorrer sus espacios, al pasar momentos de soledad en su inmenso “juego de pelota” o al atisbar el horizonte desde el templo que corona la gran pirámide, cuando ya no hay turistas, el alma se conmueve, la selva parece respetarla de nuevo, el cielo la extraña pues es el origen de sus trazos. Vivir en Chichen Itzá hace posible parafrasear a Miguel Ángel Asturias cuando asombrado les reclamaba su ausencia: “que fue de los estoicos reyes de tus palacios…que fue de tus multitudes expectantes…..a donde se han ido todos….? Aun retumban los cantos de tus sacerdotes ahora invisibles. Se fue la gloria y ahora la nada te rodea.  ¿Quién cuidara el conteo del tiempo?    ¿Quien se encargara del destino del mundo..?.

Todos los pueblos de la antigüedad descubrieron los equinoccios (cuando el día y la noche duran lo mismo) ya que es muy notorio que en el transcurso del año o es más larga la noche con respecto al día o al revés.  La arqueología hizo posible el descubrimiento de cada vez mas sitios con vestigios de las culturas que nos precedieron en el tiempo posicionando a México como uno de los países con mayor riqueza heredada de los pueblos que habitaron su actual territorio.

Hace algunos años se acuño el  término “astroarqueonomia”, para referirse a las temáticas recién descubiertas que permitían asociar las construcciones antiguas con fenómenos astronómicos,   produciendo en muchas personas el impulso de presentarse en esos lugares para corroborar todos  los fenómenos descritos como asociados a los equinoccios. Desde esa perspectiva podemos recomendar algunos lugares destacados: recorrer  la cueva del observatorio en Xochicalco (estado de Morelos) para recibir su rayo de luz, sentarse al amanecer en el templo de las siete muñecas de Dzibilchaltún (estado de Yucatan), recorrer  los juegos de pelota que rodean la pirámide de los nichos en el Tajin ( estado de Veracruz), por supuesto darle la cara al sol naciente en la cúspide de la pirámide de Teotihuacán( estado de Mexico), todo esto siempre en el 21 de Marzo.

Sin embargo estar en el día del equinoccio en Chichen Itzá es, de entre todas, la experiencia más impactante por el fenómeno de luz y sombra que lo engalana.  Derivado de ese interés  tuve la fortuna de   pasar días enteros  alrededor de la pirámide de kukulkan, pues este caso es único en el mundo: los que hemos estado ahí hemos podido comprobar que el fenómeno de luz y sombras que se aprecia en las alfardas de las escalinatas comienza una semana antes y dura –después del día del equinoccio- una semana más,  en un fenómeno extraordinario que simula el cuerpo de la serpiente de luz que “baja del cielo” poco a poco conforme los triángulos de luz y sombra le dan forma al cuerpo de una serpiente cuya cabeza de piedra yace al pie de la pirámide.

Para mediados de los ochentas dicho fenómeno se había dado a conocer por los medios de comunicación y ya había una gran expectación –multitudes incluidas- por presenciarlo.  Fue en esa época que pasamos los días recorriendo Chichen Itzá y que  nos permitió conocer el lugar a detalle además de  ser testigos de las situaciones inherentes a la presencia masiva de personas.  Vi cómo un turista con apariencia de vagabundo se lanzó sorpresivamente desde la orilla del cenote mayor hacia el agua causando un gran alboroto. Luego se limitó a nadar “de muertito” mientras los rescatistas se esforzaban por sacarlo, unos días después observamos como la policía retiraba a un grupo de fotógrafos y a una modelo  que posaba desnuda por entre las columnas del templo de los guerreros.  Semanas antes me toco servir de guía a una pareja de jóvenes estudiantes alemanes que conocí  en Uxmal, juntos recorrimos muchos lugares y cultivamos una amistad al impulso de mi curiosidad por su país y el de ellos por el mío.  Tuvimos largas sesiones de amena plática en los portales  de Mérida. Redujeron sus vacaciones en  Calcuta, India, para venir a México interesados en presenciar el equinoccio en Chichen Itzá. Cuando nos dependimos me sorprendió que me solicitaran mi dirección postal, pero mas me sorprendió que un  mes después me llegara en un paquete una de sus preciadas y caras cámaras fotográficas que tanto me esmere en cargar y admirar mientras recorríamos las zonas arqueológicas en búsqueda de la mejor toma.

Para ese equinoccio, nosotros teníamos en observación una maqueta a escala de la gran pirámide fabricada por unos amigos para poder apreciar el fenómeno en primera fila. Ellos, los que hicieron la maqueta, tenían varios años utilizándola para comprobar el inicio del fenómeno de luz y sombras siete días antes y su terminación siete días después, con la ventaja de incluir entre sus miembros a varios lugareños que nos mostraron todos los detalles de ese lugar extraordinario. Asi conocí Chichen Itza.

A ellos los descendientes de los mayas les parecía irreverente, por decir lo menos, la actitud de la gente que se aglomera en la plaza solo el día culminante, como si al decidir ir a misa  solo se quisiera asistir al momento de la consagración del pan y el vino, hecho  lo cual se retiraran, en una actitud que deja inconclusa la liturgia, excluyéndote de sus efectos.

Por fin llego el gran día, nos alegro ver poca gente al salir el sol, pues así podríamos hacer mejor nuestros experimentos, sin embargo conforme avanzaba el día la plaza se fue llenando poco a poco, para después de mediodía se podían apreciar las torres con cámaras de la televisión de Japón, Australia, E.U. y algunas de México, después pudimos apreciar los primeros triángulos isósceles de luz y sombra cuando de repente se nubló.. Era extraño ver la cara de sorpresa y frustración de los turistas venidos de otros continentes y ciudades lejanas a quienes nadie parecía haberles advertido que el fenómeno seria visible solo si el Dios Chaac (el de la lluvia) quisiera permitirlo. Se miraban entre sí, nos miraban a nosotros pero la realidad se impuso y ese día el descenso de la serpiente de luz no se pudo apreciar en forma visible por las nubes que lo impidieron.

No está demás confirmar a manera de corolario, que el fenómeno a la inversa se puede apreciar en el equinoccio de Otoño, es decir los triángulos de luz y sombra de aprecian comenzando por formarse de la cabeza a la cola, en una especie de “retiro” de la serpiente que sale de la tierra y se remonta al cielo, en espera de iniciar un nuevo ciclo que la haga descender de nuevo a renovar la naturaleza en un ciclo incesante y eterno.

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Por el camino de los cinco cerros

Los volcanes forman parte de una intrincada trama en el devenir histórico y espiritual  de este país.  La leyenda de los volcanes es uno de sus primeros indicios y es aquella que relata la historia de amor entre dos jóvenes que al no poder consumarlo por la muerte de la doncella, impulsa

la mujer dormida debe dar a luz

la mujer dormida debe dar a luz

al joven a permanecer sentado, vigilante, ante  el cuerpo yacente de su amada que simula estár cubierto por una sabana banca e inmaculada producto de la nieve permanente que dicho volcán tiene.  Esa estampa es la que sugiere la leyenda tiene ante sí el espectador al ver a la distancia a ambas cumbres: la hierática silueta de ella ante la impenetrable disposición vigilante del otro.

Es sabido que Hernán Cortez siguió la  ruta entre ambos volcanes camino a Tenochtitlán, seguramente por ser ese el camino que quienes lo guiaban utilizaban para ese propósito. Aun hoy al espacio que hay entre ambos se le conoce como “paso de Cortez”.

Partiendo de la región conocida como la del “sotavento” en el sur del estado de Veracruz se prefigura  una ruta de cinco montañas que conducen desde la ciudad de México  hasta la costa de golfo: el Popocatepetl, el Iztaccihuatl,  el Citlaltepetl, el Nauhcampatépētl y el Macuiltepec. Aunque suelen ser referenciados en el sentido inverso tal vez como los puntos geográficos  que debían de seguir los viajeros en la época prehispánica que quisieran llegar a Teotihuacán, partiendo de la costa de Veracruz, Tabasco, etc., que como sabemos siempre estuvo densamente poblada.

El primero (el popo) es  uno de los más altos de la cadena montañosa que rodea al valle de México, al segundo también se le conoce como el de “la mujer dormida” por ser precisamente, como lo comentamos al principio,  esa su apariencia desde lejos,  el tercero es también conocido como el “pico de Orizaba”  que además de ser el más alto es el más bello de todos, no en vano su nombre significa “cerro de la estrella”, al cuarto se le conoce como el “cofre de Perote” y el ultimo simplemente se traduce como el “quinto cerro” literalmente del náhuatl y se encuentra dentro de la mancha urbana de la ciudad de Xalapa. Curiosamente los últimos tres se encuentran todos en el estado de Veracruz.

el macuiltepec al centro de Xalapa

el macuiltepec al centro de Xalapa

Estando en la época de estudiante viví en la colonia aguacatal en las faldas del Macuiltepec y sé que desde su cima se aprecia  en forma privilegiada el cofre de perote y en días despejados el Pico de Orizaba,  que si bien no están alineados geográficamente, si son las cumbres más visibles desde esas latitudes. Llegar a Xalapa siempre fue parte de una extraña sensación pues recorría gran parte del país para lograrlo,  pero sobre todo me llamaban la atención los volcanes nevados. Disfrutaba los paisajes desde Puebla que me permitían ver los volcanes que el smog de la ciudad de México  oculta desde aquel lado. Siempre quise escalarlos, con casi todos lo intente. La falta de recursos siempre lo hizo difícil, a todos los remonte una parte lo suficientemente alto como para disfrutar de la soledad de sus bosques de pinos y en algunos casos disfrutar de ese paisaje singular que se presenta al montañista cuando llega a la frontera de la zona arbolada para dar paso a la de los hielos permanentes.   Solo llegue a la cumbre del Cofre de Perote. En el caso del Macuiltepec, como lo hice con casi todas las cascadas, playas y montañas cercanas a Xalapa, en los años que vivi ahi}í,  me las ingenie para  recorrerlo a detalle, es un cerro extraordinario en biodiversidad sobre todo a los ojos de un sonorense.  En los días despejados devela un magnifico paisaje, el de hace 30 años era ver como emergía de entre la bruma, con los primeros rayos del sol, somnolienta e inocente una ciudad de Xalapa casi siempre húmeda y bordeada por unos intensos y variados tonos del verde que me resultaban especialmenmte atrayentes. Lo que al principio me abrumo, después me sirvió de inspiración. Me sobrecogía el alma ver llover por días enteros pues en el  norte las lluvias son escasas, intensas y casi siempre de muy corta duración. Gratos recuerdos tengo del parque de “los berros” y de la zona que bordea a “los lagos” que es vecina a la facultad de Biología de la Universidad Veracruzana. Y por supuesto de mis amigos de entonces.

Un día de esos, en 1982, siguiendo mi curiosidad e intuición y después de mucho insistir,  convencí a un grupo de amigos a escalar el cofre de Perote, nos dispusimos con lo suficiente para hacerlo en dos días y una mañana muy temprano salimos a pie desde la casa de uno de ellos que vivía en la región de “las animas” y desde la cual se aprecia imponente.

Éramos cuatro estudiantes universitarios en sus primeros semestres para llegar a ser médicos, ingenieros y biólogos, recorrimos los caminos vecinales entre risas y bromas de quienes crecen despreocupados y confiando en que los obstáculos, cualquiera que pudieran aparecer, los podríamos solucionar, en esos años nada nos detenía.

Pronto solo pudimos avanzar por el cauce de las corrientes de agua que se forman por la lluvia.  Conocimos paisajes maravillosos que surgían de entre los pastizales para el ganado: remansos de arroyos bordeados de sauces, caídas de agua y vistas espectaculares de lo que íbamos dejando atrás conforme ascendíamos. Nos toco comer en un precioso bosque de pinos y oyameles que se extendía en aquellos lugares en que los ganaderos no habían podido o querido hacer zona de pastoreo.  Era asombroso ver hacia abajo esas amplias extensiones de zacatales ondulantes, con ganado siempre gordo,  sobre todo después de haber visto, unos meses antes,  gente con lanzallamas quemando las espinas de las choyas para posibilitar que el ganado pudiera tener algo para comer, en la sierra sonorense.

La noche nos obligo a quedarnos en el pueblo conocido como “el conejo” que está en el camino y en cuya escuela pudimos quedarnos a dormir, ya no faltaba mucho para llegar a una cima que además de nieve estaba infestada de antenas en la roca que culmina dicha montaña. Confieso que eso de las antenas siempre me ha desagradado, rompe el encanto mágico de esos lugares.

la cima del cofre de Perote

la cima del cofre de Perote

Para compensar el desencanto de no poder subir hasta el máximo posible nos dispusimos a jugar “guerritas” con bolas de nieve y disfrutar del paisaje, despues de todo lo habiamos logrado.

La curiosidad y la intuición son dos compañeras que me han acompañado y que me han permitido siempre confiar en el futuro.  Es muy util de cuando en cuando repasar lo que uno ha hecho, todo lo que va sucediendo, pues ahi hay tambien un mensaje  del tipo de persona que somos.  Esto es posible  siempre y cuando nos detengamos a hacer recapitulaciones y tratar de   unir los puntos de cada etapa de la  vida y descubrir la mano invisible de “la providencia” o como quiera que queramos llamarle a eso que está en el fondo del alma humana y que genera los impulsos, crea las necesidades espirituales y da forma al destino individual de cada persona,  conectándolo con los que debe y llevándolo a los lugares donde está relacionado desde antes de nacer por simple ley de recurrencia.

Esto me ha sido posible comprenderlo mejor una vez que han pasado las cosas, casi siempre años después, no antes.

Nauhcampatépētl significa “montaña de cuatro lados” literalmente, muy probablemente en referencia a la peña de roca maciza que, vista desde lejos, semeja una caja. Aunque también se le puede interpretar como cuarto cerro, de hecho esa es la que más me gustaba en esos días que estaba  reciente en mi la huella que dejo el libro “la mujer dormida debe dar a luz” en referencia al  próximo despertar espiritual que se espera de México y que esta alegorizado precisamente por la “iztaccihuatl” que vigila postrada sobre el valle de México y de la cual esta montaña forma parte de una serie de cinco, siendo precisamente el Macuiltepec el ultimo.

Recorrer esa ruta o subir a esos volcanes es también emular un recorrido espiritual que busca realizar el prodigio de lograr que “la mujer dormida” (la conciencia) despierte.

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Una noche en Palenque

La cultura maya desde que irrumpió en el mundo moderno ha ejercido sobre los investigadores una extraña fascinación: las razones son de varios tipos, en mí caso comenzó cuando supe que su escritura jeroglífica era la única en el mundo que aun no se había logrado descifrar.

Eso fue como una especie de aguijón que me impulso a estudiar, desde muy joven,  todo lo relacionado con los Mayas antiguos. Después de leer cuanto libro pude conseguir, visite varias veces el Museo Nacional de Antropología e Historia, en la Cd. de México, siendo la Sala Maya en la que pase días enteros recorriéndola a detalle o encerrándome en la Biblioteca del museo ubicada en la planta alta.

Después, ir a la Península de Yucatán fue como un paso natural, me quede a vivir ahí por más de dos años radicado primero en Mérida y después en el pueblo maya de Tizimin, desde el cual recorrí la península completa varias veces con el fin de conocerla, pero sobre todo deteniéndome en cada una de las zonas arqueológicas conocidas y algunas no tanto.  Me gustaba presentarme con los folletos que a manera de “guía del lugar” el Instituto Nacional de Antropología  de Historia de México edita ex profeso y así recorrer sus edificios con los planos publicados.

El aroma de sus bosques, la lluvia del verano y los amigos yucatecos me acompañaron en todas esas travesías que nos  regalaron tardes inolvidables bañándonos en algún cenote, disfrutar de las playas de Tulum  o de la tranquilidad de las  plazas -casi siempre con  ceibas-  de sus pueblos.

Numerosas ocasiones les serví de guía a amigos y conocidos ocasionales por el grado de familiarizacion que llegue a tener de las zonas arqueológicas, especialmente las de la península de Yucatán.  Lo que no sabían (yo mismo lo supe años después) era que estaba siendo víctima del “hechizo de las estelas”: casi todos los sitios arqueológicos en México tienen concentrados en un lugar especial los restos más importantes, formando así el  museo del sitio y son las estelas y restos de escritura jeroglífica los más llamativos.  En esos años invertí muchas horas examinando de cerca Estelas, cerámicas y demás vestigios, poco a poco fui  sintiendo una gran atracción por ellas, de hecho integre una amplia colección de dibujos detallados de las estelas hechos por muchos artistas a lo largo de los años, que todavía conservo.
En esa época fueron varias las ocasiones en que los guardias del Museo Nacional me obligaron a salir por haber transgredido la estricta prohibición que ahí hay de no tocar las estelas, impulso que varias veces no pude contener.

Especial atención le puse al calendario maya y su correlación con el calendario cristiano, producto de esos años de estudio e investigación, escribí una especie de manual con un resumen detallado de cómo interpretar las fechas mayas con respecto a las fechas de nuestro calendario, incluyendo las tablas que lo facilitan, sacadas de algunos libros sobre el tema.

Años después leí a un investigador Europeo que coincidía con otro estadounidense en relación a que trabajar por largos periodos cerca de las estelas mayas originales  le había producido una especie de obsesión por ellas, reconocí los síntomas y me congratule de haberla padecido pues hay algo en esos lugares y en esas piedras -cuyos usos rituales no son públicamente conocidos- que nos dan testimonio de una cultura que no está del todo muerta, o dicho de otro modo nunca murió.

Para cuando por fin  pude visitar Palenque, en el Estado de Chiapas, ya era todo un conocedor de la escritura jeroglífica maya, de sus dioses, cronología, etc.,  Sin embargo Palenque es un sitio muy especial entre otras cosas por la riqueza de sus vestigios arqueológicos que incluye la escritura mas exquisitamente conservada y por supuesto por el Templo de las Inscripciones, sede de la cripta funeraria de Pak’al el gobernante maya más famoso de la antigüedad.

Con meses de anticipación  a esa visita, estudie  los principales trabajos de una especie de simposio llamado  “mesa redonda de Palenque” organizada  año con año por Merle Green Robertson y que fue la vanguardia de los estudios mayas por muchos años.  Finalmente llegamos una mañana  de Octubre un grupo de  nueve  amigos, todos estudiantes gnósticos e inmediatamente nos dispersamos por el lugar.  Desatendiéndome de los demás  y guiándome por un impuso interior me dirigí hacia la selva y me interne por una vereda que va siguiendo el arroyo que atraviesa la ciudad. Al poco tiempo ya estaba fuera de la zona arqueológica, sin embargo ver a un grupo de nudistas extranjeros que disfrutaban de ese paraíso tropical bañándose en las aguas cristalinas me obligo a regresarme, frustrándose el encuentro con  lo que en esos días estaba buscando.  Recorrimos a veces en grupo, a veces solos, todos y cada uno de los edificios del lugar.

En un momento dado, les invite a quedarnos esa noche en el edificio que se conoce como “el palacio”, varios me objetaron que eso no estaba permitido. Les conteste que a quienes debíamos de pedir permiso era a los Mayas antiguos verdaderos dueños de ese lugar, agregándole que la oportunidad era única pues la poca afluencia –era entre semana- y el clima eran ideales para conocer de cerca cosas que nunca se podrán aprender en los libros.  Estuvieron de acuerdo y nos volvimos a dispersar con el propósito de  “despistar” a los guardias. Visite la tumba de Pak’al el gran gobernante de Palenque y me arrope de la magia de ese lugar extraordinario que está en las entrañas de la pirámide de las inscripciones, mediante la realización de  un ejercicio de imaginación para “recrear” las ceremonias rituales de consagración de ese recinto sagrado aprovechando que estaba solo en su interior y así pedir permiso para quedarnos esa noche. Poco a poco  fui logrando una mejor concentración recreando todo lo más detalladamente posible, hasta que la presencia de un grupo de visitantes me obligo a salir de ahí. Una vez que oscureció, poco a poco nos fuimos  reuniendo en el patio central del “palacio”, nos pusimos a meditar en grupo hasta que las voces desaparecieron por haberse retirado todos los visitantes, entonces aparecieron con fuerza los sonidos nocturnos de la selva, que imperceptiblemente  nos fueron envolviendo dando la apariencia de que subían de volumen.   A una señal nos pusimos de pie y nos tomamos de la mano formando una cadena, después de algunos ejercicios de respiración y concentración grupal realizamos  una invocación a las deidades Mayas del lugar. Casi de inmediato el silencio regresó, y después de un buen tiempo nos envolvió una especie de burbuja en la que el viento no soplaba, los mosquitos no se acercaban, mientras insistíamos en llamarlos a viva voz.  Como dirigente de la invocación fui testigo de los resultados de nuestro atrevimiento, así como lo fueron también algunos de los miembros de la cadena. Los detalles que vimos y oímos físicamente se relacionan con un jaguar que con sus rugidos y desplazamientos alrededor de donde nos encontrábamos nos  hizo sentir su cercanía, más nunca como para sentir que estábamos en peligro. Sin embargo a pesar de los esfuerzos que hacíamos imprimiéndole vehemencia en nuestros llamados, la desconcentración de algunos nos impedía avanzar, nerviosos por la presencia de uno de los  “guardianes” del lugar, sin embargo los efectos que produjo más tarde en la  noche, ya fuera del cuerpo, compensaron todos nuestros esfuerzos.  Los detalles no es necesario relatarlos, baste decir que esos lugares mágicos mantienen la fuerza que les imprimieron seres extraordinarios que siguen en sus templos contemplando las estrellas e iluminando a las almas que se desenvuelven suspirantes bajo la egida del “rayo maya”…….lamentablemente fuimos interrumpidos por la presencia de los guardias que descubriendo el carro en el estacionamiento regresaron a buscarnos para obligarnos a   desalojar el lugar, sin embargo lo que experimentamos lo llevamos en el alma como una a prueba viviente de la realidad de los seres que animaron la existencia de una extraordinaria ciudad funeraria como es Palenque.

Experimentar Palenque nos traslado al alma cosas que nunca podran lograrse  leyendo libros  sobre el tema.

Comprobamos que querer conocer la Cultura Maya sin visitar sus lugares es quedarse solo con la apariencia o fachada y que el rigor  y el celo con el que son custodiados dichos lugares impide que se acerquen los que lo hacen solo por curiosidad.

Un alma sedienta armada de un corazón en paz nos abre las puertas de los mejores y más puros  anhelos. Animarse a entrar, pedir los permisos correspondientes, respetar el lugar, pedir en grupo, elevar las plegarias dirigidas a quienes fueron el centro de atención por muchísimos años, hace que desde el fondo de los siglos se asome,  en los mismos lugares en los que operaron los prodigios, la fuerza del Espíritu Maya revestido de las cualidades que le permita a los solicitantes recibir lo que necesitan, no necesariamente lo que pidan.

Si visitas México, no dejes de pasar una noche en Palenque.

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Equinoccio de primavera en Zempoala, Veracruz

Estando reunidos un grupo de amigos comentamos lo  interesante de pasar un día de equinoccio de primavera en Chichen Itza, Yucatán, después de que les relatara algunas de mis experiencias en ese sitio que curiosamente recupero su categoría de centro de peregrinación pues es mucha la cantidad de gente que se aglomera en el espacio abierto que esta al pie de la pirámide principal.  Sin embargo no era posible trasladarnos hasta allá por lo lejos que se ubica de Tuxpan, Veracruz, lugar donde nos encontrábamos en esos días, así que les propuse realizar una visita a la zona arqueológica de Zempoala, en el centro del estado.

vista general

vista general

Iniciamos los preparativos con muchos contratiempos; no había suficientes vehículos para los que queríamos realizar el viaje, algunos si tenían interés pero no dinero por lo que hubo quien me propuso posponerlo para otra ocasión, lo cual significaba otro año, dado que el fenómeno equinoccial así es.  Por esa razón, les hice ver que el viaje se realizaría con los que pudiéramos ir y continuamos con los preparativos, días después y faltando solo uno para la partida, se descompuso uno de los vehículos y esa familia nos informo que dadas las circunstancias desistirían de ir al viaje, los trate de animar pero ya el pesimismo había hecho presa de ellos, insistieron varias veces que ya eran muchos contratiempos los que se nos habían presentado que tal vez eso significaba “algo” que nos indicaba que no debíamos viajar, me opuse terminantemente a esa forma de pensar y los anime de nuevo buscándoles acomodo con unos compadres de ellos que gustosos aceptaron acomodarlos en su amplio vehículo, para entonces había en el grupo cierta sensación de duda por haber platicado entre sí de esa larga serie de contratiempos, por lo que, resuelto, los visite a cada uno y los volví a entusiasmar con la idea original: debíamos hacer lo necesario para ubicarnos en la pirámide principal de Zempoala, que si bien no es de las más famosas en México si es un lugar estratégicamente ubicado e históricamente reconocido como centro ceremonial antiguo.

Por fin llego el día, salimos, de noche aun,  en caravana de carros un grupo de más o menos 30 personas, para cuando estaba despuntando el sol ya nos encontrábamos en Zempoala, rápidamente nos dispersamos por toda la zona visible de ruinas y poco a poco nos fuimos concentrando alrededor de la pirámide principal, formamos un circulo para formar una cadena, tomados de las manos, nos alineamos al espacio ceremonial y permanecimos unos momentos que nos sirvieron para ubicarnos en el espacio y el tiempo y asumir la disposición anímica y espiritual que nos permitiera disfrutar el momento.

Los equinoccios son fenómenos astronómicos originados por un complejo mecanismo de mecánica astronómica: la combinación de los movimientos del planeta –rotación y traslación- que hace que la duración del día y de la noche comúnmente sea diferente entre sí, excepto en dos ocasiones durante el año. Esos días son precisamente los equinoccios de primavera y de invierno.

Por razones que ya se perdieron en el tiempo pero que inicialmente tenían que ver con la naturaleza agrícola de las sociedades mesoamericanas, el inicio de la primavera era especialmente celebrado, la fastuosidad, jubilo y seriedad que se le daba a ese momento astronómico era de una magnitud inmensa en la época anterior a la llegada de los españoles y fue hecha por tantos siglos que los lugares donde ocurrían aun conservan reminiscencias del incienso, los cantos, las danzas y las plegarias que los hombres de esas épocas elevaban al cielo con una convicción pocas veces visto ya en el mundo actual.

Nosotros no cantamos ni danzamos, nos limitamos a orientarnos hacia el sol naciente, realizar algunos ejercicios de activación física por lo largo del viaje y adoptar algunas posiciones para “captar” la energía del sol a la usanza de los antiguos druidas del norte de Europa, para después entrar en meditación durante todo el proceso de nacimiento del sol sobre el horizonte. Una vez que el día era pleno, nos dispusimos a recorrer la zona y ubicar el uso y disposición de cada vestigio según la información disponible.

El grupo nos encontrábamos en silencio, nos embargaba cierta sensación de respeto y exaltación: lo habíamos logrado, después de tantos obstáculos habíamos podido llegar hasta allí, conocerlo a detalle  y realizado ejercicios en  ese lugar perdido en el tiempo y en la geografía de Veracruz.

Después nos ubicamos en un lugar apropiado y nos dispusimos a desayunar, que casi era comida- entre risas, bromas y juegos de los niños que nos acompañaban. Fue un día feliz.  Recuerdo que algunos de mis amigos me agradecieron que los hubiera animado a continuar a pesar de los contratiempos, esos mismos que algunas personas, a las primeras de cambio, denominan “presagios” en una reacción subconsciente de manifestar sus propias inseguridades y temores, pues los presagios, cuando se presentan, hay  forma de identificarlos inconfundiblemente y son distintos a las “corazonadas”

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paseos por el río yaqui

Mis paseos por el rio comenzaron siendo niño cuando en compañía de mis hermanos y mis padres solíamos asistir a un paraje ubicado unos metros rio abajo de la compuerta del chiculi, justo donde desemboca un pequeño arroyito como un pequeño afluente del rio; muchos de los fines de semana de las vacaciones escolares pasábamos el domingo bañándonos en el rio y jugando con primos y amigos que nos acompañaban, mientras mi madre aprovechaba para lavar la ropa en cualquier piedra de la orilla que tuviera la forma apropiada. Fueron días inolvidables que una vez que llegamos al bachillerato nos dio el impulso como para regresar en grupos de amigos a acampar en la orilla o simplemente para disfrutar de sus aguas siempre heladas. Pasar noches en el rio significo reunirnos a la orilla de la fogata en las noches con luna, jugar a la suerte el turno para ir al agua a lavar los platos con alguien empuñando una linterna para apoyar las maniobras, dormir de cara al cielo “cazando” estrellas fugaces y amanecer sentados o dentro del agua intentando pescar. Dado que somos ocho hermanos, todos hombres, la casa siempre tuvo una vida social muy intensa, como centro de reunión para jugar y cuando ya tuvimos edad, para salir en grupo. Acampamos en las cuevas de los cerros, a las orillas de los esteros en el mar, a la orillas del dique diez, en ese entonces llamado “laguna encantada”, pero sobre todo en el rio, que siempre fue nuestro lugar preferido. Mi papa siempre accedía a nuestros vehementes ruegos, muchas veces por la intervención de mi mama, usando el mismo método: nos llevaba a sus hijos –dos, tres o cuatro- y a nuestros amigos hasta el lugar de acampar y regresaba por nosotros el día acordado.
Hoy que ya soy padre y que el ya no esta con nosotros, no puedo dejar de reconocer el valor de su actitud de dejarnos disfrutar nuestra niñez y juventud sin dejar de estar siempre al pendiente de nosotros, con el tiempo me entere que mi madre siempre ha tenido la devoción por la oración por sus hijos cuando estamos ausentes, pero con tal vehemencia y conviccion que estoy seguro fue el manto protector que nos acompaño todos esos años de aventura, pues nunca nos paso nada que lamentar.
Pararme en la misma orilla de mi niñez, bañarme bajo los mismo arboles de mi juventud, a pesar de los intensos olores que disparan con nitidez los recuerdos más placenteros, ya no me fue suficiente y me propuse conocer el rio, recorrerlo de palmo a palmo. No me fue difícil encontrar acompañante pues David mi amigo y compadre de toda la vida se me unión en forma entusiasta y juntos fuimos a recorrer el rio. En los últimos cuatro años, hemos estado en Tonichi, Aconchi, La dura, hemos acampado en algunos ranchos que incluyen al rio como límite rio arriba de la presa del Oviachic. El espectáculo del rio en el tramo que esta entre las dos presas del Novillo y del Oviachic es hermoso, refleja las huellas de haber sido un cause indómito, ha esculpido los cerros y las cañadas de tal manera que no deja lugar a dudas. Antes de dirigirnos a la presa del Novillo, como en todos nuestros viajes revisamos antes a detalle toda la ruta en el Google Earth, para una vez definida la ruta proceder a convertirla en vida. Uno de nuestros viajes pendientes es precisamente navegar en lancha desde el Novillo hasta el Oviachic , como se que lo han hecho ya varios paisanos.
Hemos recorrido en cuatrimoto, en carro, a pie y en lancha casi todos los tramos que van de la presa a la desembocadura.
Hace algunas semanas celebrando que el rio recupero su cause por estarse liberando agua con motivo de que este 2010 ha sido un año de buenas lluvias, nos propusimos llegar al mar navegando por el rio como lo hicimos el año pasado en el rio mayo. Un Domingo de Octubre, acompañados de Benito un gran fotógrafo profesional, que comparte gustos con nosotros, –pues siempre hemos documentado nuestros viajes en video y en foto- madrugamos rumbo a Potam y ya en el pueblo nos dirigimos con “Bono”, un vecino del lugar, que gustoso se ofreció a servirnos de guía, no sin antes unírsenos un amigo de él de mayor edad pero mismo entusiasmo. Camino al rio avistamos un grupo de coyotes lo cual basto para que nuestro acompañante de mas edad nos asegurara: “seguramente acaba de parir una vaca…”. No pude dejar de interrogarle que relación tenia una cosa y otra, a lo que me contesto de la manera más natural que los coyotes van por la placenta. Mis preguntas siguieron y el me contestaba con un tono de seguridad y naturalidad que le da toda una vida en el campo y el monte: los coyotes no son peligrosos para el ganado, pues no pueden comerse los becerros recién nacidos ya que las vacas son expertas en esconderlos en el monte y además son tan bravas que no osan acercárseles demasiado. No dejo de sorprenderme que esa manada de coyotes, de cuatro o cinco ejemplares estuviera prácticamente a las afueras del pueblo y sobre todo que esos dos personajes yaquis están al tanto de su historia como pueblo y no dudan en expresarlo.
Recorrimos la orilla del rio por algunos kilómetros, rebosante como estaba anegaba caminos, cercos y arboles en una especie de reclamo de lo que siempre ha sido suyo. Pasear en panga por el Rio Yaqui a la altura de Potam fue una experiencia muy especial no solo por los mas de veinte años que no corría el agua de esa forma en el rio, sino por el nivel de algarabía que nos acompañaba: los niños bañándose en sus aguas no dejaban de gritar y los ancianos que los cuidaban de reír formando una estampa de melancólica felicidad por tener de nuevo algo que ya creían perdido definitivamente. El ruido de la gente disfrutando del rio era para mí un acontecimiento impactante: refrendaba uno de los rasgos distintivos de los yaquis, que en algunas de las referencias históricas del origen de su nombre se les describe como “los que hablan a gritos”. También me recordaron las tardes en que se escuchan hasta mi oficina los gritos de festejo de algún gol cuando los torneos de futbol tienen como sede la cancha que esta al lado de la escuela secundaria agropecuaria, a la entrada de Cocorit: si no estas observando el juego, los gritos que se escuchan a lo lejos, se parecen a los gritos rituales que las películas asocian a las ceremonias antiguas de los primeros habitantes de estas tierras.
No pudimos hacer la travesía hasta la desembocadura pues el regreso no se podía realizar por tierra dado lo reciente de las lluvias en la costa, pero si permitió conocer a otro personaje yaqui que siendo originario de Huirivis y con trabajo en Cocorit se entusiasmo con la idea de hacer esa travesía, por lo que estaremos a la espera de la nueva temporada de lluvias que ahora si nos permita confirmar lo afirmado en algunos libros de historia: hasta el siglo XIX los barcos podían entrar por el rio yaqui hasta un atracadero que estaba a la altura del pueblo de Potam….. Hasta entonces.

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